Traducción del relato “Passager Clandestin”.
La traducción del francés fue realizada por Óscar B. Lucas.
Para realizar esta traducción se ha empleado un texto
publicado en la página web oficial del autor.
Tres jóvenes acababan de salir de la discoteca
en la que, como cada sábado por la noche, habían bebido y fumado más de la
cuenta.
En aquella cálida noche de verano, las
carreteras sinuosas de la campiña estaban desiertas y solamente el atronador
motor de su humilde coche rompía la quietud de una naturaleza aparentemente tranquila.
-¿Qué
os parecería experimentar un auténtico gran escalofrío?, preguntó Baptiste, el
de más edad, que tenía su permiso desde apenas seis meses.
-¡A
paseo!, suspiró Mélanie, sentada en la parte de atrás, escrutando evasivamente
el estado de su maquillaje a través de un pequeño espejo. Tu gran escalofrío va a otra vez a consistir en volcar todos los
cubos de basura del barrio de tu padre, ¡cantando a voz en grito, despertando a
todo el mundo!
Baptiste sonrió mientras disentía con la cabeza
y pisaba con más fuerza el pedal del acelerador hasta sobrepasar los 150
kilómetros por hora:
-No,
cuando hablo de gran escalofrío, quiere decir que te vas a llevar realmente el
susto de tu vida, dijo él, mientras casi llegaba al rechinar de dientes. ¡Un
alucine en el que vais a flipar como locos!
Cédric, que estaba colocado en el asiento a la
derecha del conductor, se giró hacia la joven mujer, las cejas de él elevándose
al cielo con una marcada expresión de terror:
-Tengo
una pequeña idea sobre lo que tiene en mente, añadió sentenciosamente, como si
fuera la cuestión del desafío la más descabellada en la cual hubiera pensado nunca.
Sé lo que le gustaría, entrar en la autovía ocupando el sentido contrario.
-¿Ocupar
el sentido contrario? ¡Pero qué grandísima estupidez!, protestó Mélanie mientras
se agachaba en el asiento para encender instintivamente un cigarrillo. Quiero delirar
un poco, pero sin exagerar. Soy demasiado joven para morir…
Ella volvió a mirar su rostro en su pequeño espejo
y puso una expresión de disgusto digna de una joven estrella del cine como las
que tapizaban las paredes de su habitación:
-Soy
demasiado joven, demasiado bella, demasiado importante, para morir… Si me pasara alguna cosa, mis padres estarían
obligados a plantear un pleito a los tuyos... Además, estoy segura, el mundo
entero lloraría mi perdida. ¡Harían de mí una Santa!
Cédric se partía de risa:
-¿Una Santa? ¿Es que no sabes que hay que ser virgen para convertirse en Santa?
-¡Lo
decía en broma, pedazo de idiota, no he vuelto a pisar una iglesia desde mi
bautizo!
-Bueno,
entonces, ¿qué queréis que hagamos?, se
impacientó Baptiste, agarrando nerviosamente el volante con las dos manos. ¿Hacemos
esa pequeña algarada aterradora nocturna?
Aceleró mucho más el automóvil antes de tomar
una nueva curva en la que sus neumáticos rechinaron con gran estrépito.
-Prefiero
volver, replicó Mélanie que acaba de ser violentamente sacudida contra el
habitáculo del vehículo. Vuestros delirios de niñatos ya no son para gente de mi
edad.
-Mira
que puedes ser aguafiestas, medió Cédric
con una sonrisita aviesa. Sólo nos vamos a meter por una salida y después nos
salimos por la primera que encontremos. Son las cinco de la mañana, en pleno
mes de julio, un sábado por la noche, en mi opinión, no vamos a encontrar a
mucha gente…
-Él
tiene razón, añadió Baptiste a lo dicho por Cedric mientras observaba a Mélanie
a través del espejo retrovisor. Me estás tocando la moral. Y además soy yo el
que conduce, te lo recuerdo. Tú ya sabes que puedes confiar plenamente en mí…
-Está
bien, me rindo. Pero que sepáis que lo desapruebo, de principio a fin.
-Muy
bien, añadió Baptiste, feliz por haber sido secundado por los demás. ¡Creo que
nos vamos a divertir mogollón!
El joven
prosiguió su camino varios minutos y se detuvo unos instantes antes de
acceder a la salida de la autovía.
-¿Estáis
listos?, preguntó mientras hacía alarde de la sonrisa más alegre y jovial de toda
su vida. ¿Estáis listos para el gran escalofrío? ¿Listos para el encuentro con
la muerte?
El motor del vehículo atronaba cual un coche
deportivo impaciente por entrar en el circuito de carreras.
-¡Detente!,
dijo Mélanie. Estás empezando a darme canguelo, de verdad.
-¡Ese
es precisamente el objetivo!, Cédric se puso a reír de una manera sarcástica,
estaba más nervioso que nunca, no sabía si debía hacer caso al pánico de su
amiga o alegrarse como Baptiste.
-Venga,
esta vez, ¡vamos allá! ¡Bajemos el cristal de las ventanillas hasta el fondo y
pongamos música a toda pastilla!, terminó diciendo mientras ponía un CD de
música techno al máximo de volumen.
El vehículo estuvo patinando varios segundos en
el arcén de la carretera, ocasionando una espesa nube de polvo y el joven soltó
el pedal del freno para meterse precipitadamente en la salida de la autovía y
ocupar el sentido contrario de la marcha.
-¡Estás
completamente loco!, dijo Mélanie mientras se resguardaba entre los respaldos de
los asientos buscando con la mirada en el horizonte que no apareciera coche
alguno. ¡Vas a acabar por matarnos a todos!
El pequeño bólido entró en una autovía desierta
a más de 160 y prosiguió en su carrera como si nada más pudiera nunca pararlo.
-¡Yupi!,
gritó Baptiste, al que inmediatamente imitó Cédric que sacó su torso por la
ventanilla de su puerta para poder aullar como los indios.
-Es
cojonudo, dijo para ir más allá que Baptiste, los otros estaban sin poder oírle mientras
él abría completamente los brazos para sentir el aire fresco y la velocidad
envolviéndole. ¡Esto si es auténtica libertad!
Pero en la lejanía, sumidos en la noche oscura,
divisó unas lucecitas rojas que parpadeaban a intervalos regulares.
-¡Mierda!
¡Los polis!
Cedió al pánico y regresó inmediatamente al
habitáculo del coche donde se redujo el sonido de la autovía.
-¡Tenemos
que dar media vuelta! Hay un coche policía que viene en nuestra dirección.
-Parece
que esto va a terminar mal, prosiguió Mélanie mientras elevaba su mirada al
cielo. Bueno, ¿ya está, no? ¿Habéis obtenido vuestra dosis de adrenalina? ¿Nos
volvemos ya?
Pero en ese momento los cuatro picaportes de
las puertas se bloquearon y se cerraron las puertas automáticamente.
-Muy
raro se pone esto, dijo Mélanie mientras volvía a ocupar su asiento para
cruzarse de brazos.
-¡Pero
si no he tocado nada!, protestó Baptiste. Has sido tú quién…
Cédric tiró de uno de los picaportes con todas
sus fuerzas, no fue capaz de hacerlo volver a levantar.
-Esto
no va, creo que nos hemos quedado atrancados…
-¡Cagüen!
¡El freno!, le cortó Baptiste repentinamente enloquecido.
-¿Qué
pasa con el freno?
-¡Esto
no va más! ¡Por más que lo aprieto! ¡Mira! No responde a ninguna de mis
pisadas.
Cédric observó el indicador de velocidad que
ahora marcaba 180 kilómetros por hora.
-Dejaros
ya de películas, esto no tiene ninguna gracia, protestó Mélanie que comenzaba a
sentirse irritada, sabéis bien que no la tiene. Llevarme de vuelta a casa…
-¡Te
estamos diciendo que estamos bloqueados!
Los cuatro cristales de las ventanillas se
cerraron repentinamente todos a la vez.
-¡Guau!
Esto comienza a ponerse realmente inquietante, dijo Cédric mientras veía como
el cristal de la ventanilla se subía como por encantamiento. ¿Estás seguro de
que tu coche estaba en buen estado? Esto es un fallo eléctrico general, ¿o es
que estoy soñando?
-Pero
si está casi nuevo. Seis o siete meses como mucho, no sé que te inquieta.
El coche seguía pisando a fondo en la autovía y
el indicador ya estaba marcando 195 kilómetros por hora, los tres jóvenes sabían
que una pendiente descendente de un 15% les estaba esperando un poco más
adelante.
-¿Qué
vamos a hacer?, preguntó Mélanie. ¡Hay que encontrar una solución para detener
este puñetero cacharro!
-Una
vez, en una película, vi al personaje detenerlo al rozarlo con un muro.
-¿Fue
en un dibujo animado o qué? ¿Has visto frecuentemente a algún coche que haya
sido detenido de esa manera, en el mundo real?, se enfadó Baptiste, cada vez
más y más tenso.
El joven desembragó su caja de cambios e
intentó pasar a cuarta.
-No
funciona tampoco… ¡Si salimos de ésta, os puedo asegurar que le canto las
cuarenta al dueño del concesionario que me vendió esta cáscara de nuez! Le voy…
Voy a apostarme el todo por el todo… ¡agarraros bien!
Agarró la palanca del freno de mano y tiró de
ella con un gesto brusco.
Pero la maquinaria interna del coche no
respondía y el motor seguía con su carrera, totalmente fuera de control.
Mélanie cogió su teléfono y tecleó el número de
sus padres lo más rápido que pudo.
“Error: Red desconectada”, mostraba en la
pantallita, antes de dejar aparecer un “Batería a punto de agotarse” y apagarse
súbitamente.
-Pero
si lo he tenido cargando todo el santo día…
-Es
muy raro, dijo Cédric, un tanto desanimado, se diría que los acontecimientos se
están uniendo contra nosotros… Creería que…
-¿Y
ese olor? ¿Sentís ese olor?, preguntó Baptiste.
-Sí,
es muy raro… Incluso un poco repugnante…
-Parece
queso o leche cortada…
Baptiste observó le retrovisor y divisó de
repente detrás de él una figura extraña que no había estado ahí antes.
-¡Ahí,
mirad! ¡Ahí abajo! Gritó Mélanie, los ojos fuera de sus órbitas, como para
volver a la realidad.
Los girofaros que Cédric había visto un poco
antes se arremolinaban ahora al fondo de la pendiente descendente que ellos
temían tanto. Esas luces pertenecían a uno de los vehículos de los bomberos que
estaban trabajando alrededor de un gran camión-cisterna que se había volcado
hacia un lado, cruzando la autovía.
-¡Oh!
¡Dios mío! Nos vamos a…
-Este
era el gran escalofrío, soltó Cédric, con la voz quebrada por el miedo y las lágrimas
que ya no podía reprimir más.
Baptiste giró el retrovisor y quedó
aterrorizado por lo que vio.
Quedó con un aspecto tan aterrorizado que quedó
casi irreconocible.
Cédric se aproximó entonces al espejo y divisó
una figura humana envuelta en una extraña toga negra que estaba sentada justo
detrás de él.
Se giró un segundo, pero no vio más que a Mélanie,
paralizada por el terror al ver como se acercaban más y más rápido al camión
accidentado.
En el pequeño espejo, un extraño personaje de
cara blancuzca empezaba a bosquejar una sonrisa de satisfacción, mientras tanto, aquel
humilde coche le reportaba precisamente el escalofrío que se le había prometido.
