domingo, 15 de abril de 2012

PASAJERO CLANDESTINO



.
Traducción del relato “Passager Clandestin”.
La traducción del francés fue realizada por Óscar B. Lucas.
Para realizar esta traducción se ha empleado un texto publicado en la página web oficial del autor.
El relato fue publicado en  www.jimmysabater.com el 24 de abril de 2011.



Tres jóvenes acababan de salir de la discoteca en la que, como cada sábado por la noche, habían bebido y fumado más de la cuenta.
En aquella cálida noche de verano, las carreteras sinuosas de la campiña estaban desiertas y solamente el atronador motor de su humilde coche rompía la quietud de una naturaleza aparentemente tranquila.
-¿Qué os parecería experimentar un auténtico gran escalofrío?, preguntó Baptiste, el de más edad, que tenía su permiso desde apenas seis meses.
-¡A paseo!, suspiró Mélanie, sentada en la parte de atrás, escrutando evasivamente el estado de su maquillaje a través de un pequeño espejo. Tu gran escalofrío  va a otra vez a consistir en volcar todos los cubos de basura del barrio de tu padre, ¡cantando a voz en grito, despertando a todo el mundo!
Baptiste sonrió mientras disentía con la cabeza y pisaba con más fuerza el pedal del acelerador hasta sobrepasar los 150 kilómetros por hora:
-No, cuando hablo de gran escalofrío, quiere decir que te vas a llevar realmente el susto de tu vida, dijo él, mientras casi llegaba al rechinar de dientes. ¡Un alucine en el que vais a flipar como locos!
Cédric, que estaba colocado en el asiento a la derecha del conductor, se giró hacia la joven mujer, las cejas de él elevándose al cielo con una marcada expresión de terror:
-Tengo una pequeña idea sobre lo que tiene en mente, añadió sentenciosamente, como si fuera la cuestión del desafío la más descabellada en la cual hubiera pensado nunca. Sé lo que le gustaría, entrar en la autovía ocupando el sentido contrario.
-¿Ocupar el sentido contrario? ¡Pero qué grandísima estupidez!, protestó Mélanie mientras se agachaba en el asiento para encender instintivamente un cigarrillo. Quiero delirar un poco, pero sin exagerar. Soy demasiado joven para morir…
Ella volvió a mirar su rostro en su pequeño espejo y puso una expresión de disgusto digna de una joven estrella del cine como las que tapizaban las paredes de su habitación:
-Soy demasiado joven, demasiado bella, demasiado importante, para morir…  Si me pasara alguna cosa, mis padres estarían obligados a plantear un pleito a los tuyos... Además, estoy segura, el mundo entero lloraría mi perdida. ¡Harían de mí una Santa!
Cédric se partía de risa:
-¿Una Santa? ¿Es que no sabes que hay que ser virgen para convertirse en Santa?
-¡Lo decía en broma, pedazo de idiota, no he vuelto a pisar una iglesia desde mi bautizo!
-Bueno, entonces, ¿qué queréis que hagamos?,  se impacientó Baptiste, agarrando nerviosamente el volante con las dos manos. ¿Hacemos esa pequeña algarada aterradora nocturna?
Aceleró mucho más el automóvil antes de tomar una nueva curva en la que sus neumáticos rechinaron con gran estrépito.
-Prefiero volver, replicó Mélanie que acaba de ser violentamente sacudida contra el habitáculo del vehículo. Vuestros delirios de niñatos ya no son para gente de mi edad.
-Mira que puedes ser aguafiestas,  medió Cédric con una sonrisita aviesa. Sólo nos vamos a meter por una salida y después nos salimos por la primera que encontremos. Son las cinco de la mañana, en pleno mes de julio, un sábado por la noche, en mi opinión, no vamos a encontrar a mucha gente…
-Él tiene razón, añadió Baptiste a lo dicho por Cedric mientras observaba a Mélanie a través del espejo retrovisor. Me estás tocando la moral. Y además soy yo el que conduce, te lo recuerdo. Tú ya sabes que puedes confiar plenamente en mí…
-Está bien, me rindo. Pero que sepáis que lo desapruebo, de principio a fin.
-Muy bien, añadió Baptiste, feliz por haber sido secundado por los demás. ¡Creo que nos vamos a divertir mogollón!
El joven  prosiguió su camino varios minutos y se detuvo unos instantes antes de acceder  a la salida de la autovía.
-¿Estáis listos?, preguntó mientras hacía alarde de la sonrisa más alegre y jovial de toda su vida. ¿Estáis listos para el gran escalofrío? ¿Listos para el encuentro con la muerte?
El motor del vehículo atronaba cual un coche deportivo impaciente por entrar en el circuito de carreras.
-¡Detente!, dijo Mélanie. Estás empezando a darme canguelo, de verdad.
-¡Ese es precisamente el objetivo!, Cédric se puso a reír de una manera sarcástica, estaba más nervioso que nunca, no sabía si debía hacer caso al pánico de su amiga o alegrarse como Baptiste.
-Venga, esta vez, ¡vamos allá! ¡Bajemos el cristal de las ventanillas hasta el fondo y pongamos música a toda pastilla!, terminó diciendo mientras ponía un CD de música techno al máximo de volumen.
El vehículo estuvo patinando varios segundos en el arcén de la carretera, ocasionando una espesa nube de polvo y el joven soltó el pedal del freno para meterse precipitadamente en la salida de la autovía y ocupar el sentido contrario de la marcha.
-¡Estás completamente loco!, dijo Mélanie mientras se resguardaba entre los respaldos de los asientos buscando con la mirada en el horizonte que no apareciera coche alguno. ¡Vas a acabar por matarnos a todos!
El pequeño bólido entró en una autovía desierta a más de 160 y prosiguió en su carrera como si nada más pudiera nunca pararlo.
-¡Yupi!, gritó Baptiste, al que inmediatamente imitó Cédric que sacó su torso por la ventanilla de su puerta para poder aullar como los indios.
-Es cojonudo, dijo para ir más allá que Baptiste, los otros estaban sin poder oírle mientras él abría completamente los brazos para sentir el aire fresco y la velocidad envolviéndole. ¡Esto si es auténtica libertad!
Pero en la lejanía, sumidos en la noche oscura, divisó unas lucecitas rojas que parpadeaban a intervalos regulares.
-¡Mierda! ¡Los polis!
Cedió al pánico y regresó inmediatamente al habitáculo del coche donde se redujo el sonido de la autovía.
-¡Tenemos que dar media vuelta! Hay un coche policía que viene en nuestra dirección.
-Parece que esto va a terminar mal, prosiguió Mélanie mientras elevaba su mirada al cielo. Bueno, ¿ya está, no? ¿Habéis obtenido vuestra dosis de adrenalina? ¿Nos volvemos ya?
Pero en ese momento los cuatro picaportes de las puertas se bloquearon y se cerraron las puertas automáticamente.
-Muy raro se pone esto, dijo Mélanie mientras volvía a ocupar su asiento para cruzarse de brazos.
-¡Pero si no he tocado nada!, protestó Baptiste. Has sido tú quién…
Cédric tiró de uno de los picaportes con todas sus fuerzas, no fue capaz de hacerlo volver a levantar.
-Esto no va, creo que nos hemos quedado atrancados…
-¡Cagüen! ¡El freno!, le cortó Baptiste repentinamente enloquecido.
-¿Qué pasa con el freno?
-¡Esto no va más! ¡Por más que lo aprieto! ¡Mira! No responde a ninguna de mis pisadas.
Cédric observó el indicador de velocidad que ahora marcaba 180 kilómetros por hora.
-Dejaros ya de películas, esto no tiene ninguna gracia, protestó Mélanie que comenzaba a sentirse irritada, sabéis bien que no la tiene. Llevarme de vuelta a casa…
-¡Te estamos diciendo que estamos bloqueados!
Los cuatro cristales de las ventanillas se cerraron repentinamente todos a la vez.
-¡Guau! Esto comienza a ponerse realmente inquietante, dijo Cédric mientras veía como el cristal de la ventanilla se subía como por encantamiento. ¿Estás seguro de que tu coche estaba en buen estado? Esto es un fallo eléctrico general, ¿o es que estoy soñando?
-Pero si está casi nuevo. Seis o siete meses como mucho, no sé que te inquieta.
El coche seguía pisando a fondo en la autovía y el indicador ya estaba marcando 195 kilómetros por hora, los tres jóvenes sabían que una pendiente descendente de un 15% les estaba esperando un poco más adelante.
-¿Qué vamos a hacer?, preguntó Mélanie. ¡Hay que encontrar una solución para detener este puñetero cacharro!
-Una vez, en una película, vi al personaje detenerlo al rozarlo con un muro.
-¿Fue en un dibujo animado o qué? ¿Has visto frecuentemente a algún coche que haya sido detenido de esa manera, en el mundo real?, se enfadó Baptiste, cada vez más y más tenso.
El joven desembragó su caja de cambios e intentó pasar a cuarta.
-No funciona tampoco… ¡Si salimos de ésta, os puedo asegurar que le canto las cuarenta al dueño del concesionario que me vendió esta cáscara de nuez! Le voy… Voy a apostarme el todo por el todo… ¡agarraros bien!
Agarró la palanca del freno de mano y tiró de ella con un gesto brusco.
Pero la maquinaria interna del coche no respondía y el motor seguía con su carrera, totalmente fuera de control.
Mélanie cogió su teléfono y tecleó el número de sus padres lo más rápido que pudo.
“Error: Red desconectada”, mostraba en la pantallita, antes de dejar aparecer un “Batería a punto de agotarse” y apagarse súbitamente.
-Pero si lo he tenido cargando todo el santo día…
-Es muy raro, dijo Cédric, un tanto desanimado, se diría que los acontecimientos se están uniendo contra nosotros… Creería que…
-¿Y ese olor? ¿Sentís ese olor?, preguntó Baptiste.
-Sí, es muy raro… Incluso un poco repugnante…
-Parece queso o leche cortada…
Baptiste observó le retrovisor y divisó de repente detrás de él una figura extraña que no había estado ahí antes.
-¡Ahí, mirad! ¡Ahí abajo! Gritó Mélanie, los ojos fuera de sus órbitas, como para volver a la realidad.
Los girofaros que Cédric había visto un poco antes se arremolinaban ahora al fondo de la pendiente descendente que ellos temían tanto. Esas luces pertenecían a uno de los vehículos de los bomberos que estaban trabajando alrededor de un gran camión-cisterna que se había volcado hacia un lado, cruzando la autovía.
-¡Oh! ¡Dios mío! Nos vamos a…
-Este era el gran escalofrío, soltó Cédric, con la voz quebrada por el miedo y las lágrimas que ya no podía reprimir más.
Baptiste giró el retrovisor y quedó aterrorizado por lo que vio.
Quedó con un aspecto tan aterrorizado que quedó casi irreconocible.
Cédric se aproximó entonces al espejo y divisó una figura humana envuelta en una extraña toga negra que estaba sentada justo detrás de él.
Se giró un segundo, pero no vio más que a Mélanie, paralizada por el terror al ver como se acercaban más y más rápido al camión accidentado.
En el pequeño espejo, un extraño personaje de cara blancuzca empezaba a bosquejar una sonrisa de satisfacción, mientras tanto, aquel humilde coche le reportaba precisamente el escalofrío que se le había prometido.