MORTANNA
Traducción del relato "Mortanna".
La traducción fue realizada por Óscar B. Lucas.
La traducción fue realizada por Óscar B. Lucas.
Para realizar esta traducción se ha empleado un texto publicado en la página web oficial del autor.
No deseo incriminar a nadie, ni dar de mí una imagen edulcorada que vaya desparejada de lo que he sido y lo que he hecho. Es por esto que he querido proporcionaros la luz sobre la singularidad de mi destino. Leyendo mi relato, comprenderéis como mi miserable existencia nunca fue más que el siniestro juego de su creador.
Me llamo Mortanna. Nací algunos centenares de años antes del nacimiento de Cristo. Mi nombre es fruto del hecho de que mi madre murió cuando vine al mundo. Esto os parecerá sin duda realmente triste, y esto es lo que pensaba, también yo. Y sin embargo, cuando hayáis leído lo que sigue, os daréis cuenta de que aquello no es más que una triste anécdota en una vida que no es tal.
Soy oriunda del Olimpo, ese país mítico, incognito para los mortales y hogar de las más altas divinidades. Allí viví mis primeros años, entre aquellos dioses de los que habéis forzosamente oído hablar. Zeus, Cronos, Apolo, Melpómene, Temis, Circe y muchos otros, me aportaron mi fe, mis pensamientos y mi vida.
Al igual que en los orfanatos de mi país, vivía en una residencia en la que se me enseñaba Historia, Caligrafía y eso que se llamaría más tarde Ciencias. Era bastante brillante, estaba sedienta de conocimientos y enganchada al trabajo. Que no quepa ninguna duda de que toda esta energía concentrada en mis estudios, era el contrapunto a una soledad plomiza y a una falta total de afecto. Sufría silenciosamente el no existir para nadie, el no tener unos padres que me vieran crecer, el no sentir el amor de un ser próximo o el no estar limitada por una autoridad, salvo Arteo, mi joven mentor.
Éste compartió conmigo algunos raros momentos de complicidad que rompían mi aislamiento. Pasamos muchos ratos divertidos tras las horas de clase. El me apodaba “su ángel rubio” debido a mis cabellos con tono tan claro y mis cándidos grandes ojos azules. Pero me di cuenta bien pronto por estas gentilezas de que yo no era una niña cualquiera.
Pronto tuve la prueba de la solidez de mis sospechas.
Paseaba a través de los largos pasillos del orfanato cuando divisé a una misteriosa mujer vestida de harapos, que conversaba con mi profesor. Ella estaba sin duda vestida así para enmascarar su identidad.
Me oculté entonces tras un arbusto en macetón para escuchar su discusión. Ella aseguraba actuar bajo las órdenes de Circe, diosa y hechicera, y he aquí las palabras que oí de su boca:
“-Zeus teme que Mortanna descubra que él es su padre y a Circe le inquieta igualmente. Mortanna ya ha alcanzado la edad de catorce años y representa una amenaza continua para nuestra casta. Es necesario que tú te deshagas de ella. Debe salir del Olimpo. No podemos correr el menor riesgo.
-Pero hay muchos otros niños que están en esta misma situación, replicó Arteo. Yo no puedo encargarme de todos al detalle.
-Espabila. Mátala o deshazte de ella. Sabes como yo que Zeus no perdona a aquellos que le desobedecen.”
No escuche más. Por lo visto, aquel orfanato acogía a los hijos ilegítimos del Olimpo y yo era la hija de Zeus, dios de dioses y Circe, diosa y hechicera.
Una profunda tristeza se apoderó de mí y me hundí en una angustia inconmensurable. Sentí mi corazón agitándose ruidosamente y un abatimiento irreprimible apoderarse de mí. Lágrimas abrasadoras descendían por mis jóvenes ojos y tuve que contenerme para no llamar su atención. ¿Por qué habían actuado de esa manera? ¿Era yo una leprosa o algo peor para ser tratada así? No tenía derecho, tampoco, a entrar en la casta de los dioses. A vivir entre los mejores, en vez de estar así escondida.
Decidí huir del orfanato y seguir a la mujer de los harapos. Si aquella decía la verdad, no tardaría en saberlo.
Ella tomó un camino sinuoso, evitando las vías principales de la ciudad, para ir a desembocar en un barrio del que ignoraba su existencia. Situado a los pies de la ciudad divina, orientado hacia el gigantesco templo de Zeus. Pase todo lo desapercibida que pude y, manteniendo una distancia respetable de la mujer, conseguí burlar así a la guardia y acceder al Salón del Trono.
Me encontraba tan nerviosa e impaciente de hablar con mi padre que empuje a la mujer con un gesto brusco y me precipité ante él.
“¿Por qué me abandonaste, padre?. Pregunté enseguida.
-¿Quién eres tu mendiga, para osar pretender ser la sangre de mi sangre?
-Soy Mortanna. Tu hija. Aquella que tuviste con Circe, diosa y hechicera.
-¿Cómo puedes sostener tan graves acusaciones?
-Tengo pruebas. He oído a un subalterno de tu amante conversar con mi mentor. Aquel dijo que había que deshacerse de mí y que eras tú, mi padre, quién le había dado la orden.
-O bien tu estás loca de remate, o bien tu eres tan mentirosa ¡que te olvidas con quién estás hablando! Se enojó Zeus.
-Estoy completamente en mis cabales y no digo más que la verdad.”
Zeus llamó a su guardia y varios hombres me prendieron para echarme fuera del templo a la fuerza.
Me encontraba tan humillada que estallé en sollozos. Yo era una hija bastarda que molestaba en el paisaje de los dioses. Y no tenía derecho alguno, ni aquel de quejarme, ni aquel de conocer y hacer admitir la realidad.
Decidí dirigirme al templo de Circe esperando que ella fuera más comprensiva con mi persona. Se decía de ella que era una mujer dotada de mil ardides, de los cuales el encanto excepcional hechizaba a los hombres más inhibidos. Yo debería por consiguiente ponerme en guardia y permanecer impasible ante la riqueza de astucias que emplearía contra mí.
Llego al templo, Circe acepta recibirme.
Tal y como había previsto, fui deslumbrada por la belleza de su morada y los perfumes embriagadores que se esparcían allí. Los mármoles raros y las estatuas más bellas que nunca se hubieran mostrado, se encontraban aquí, ante mis ojos estupefactos.
Ella apareció con un paso lento y sensual, desprendiendo un aura cautivadora y disuasiva. Su largo vestido negro y ajustado realzaba su fabulosa belleza al hacerla más misteriosa.
“-¿Has solicitado verme? Solicitó con una voz aterciopelada.
-Si, soy tu hija, Mortanna. Vengo a implorarte que reconozcas tu parentesco.
-¡Mi hija! – Exclamó ella, con aire sonriente.-Todo el mundo sabe empero que no tengo descendencia ninguna.
-Mientes. Tú y Zeus os desembarazasteis de mí, internándome en un orfanato.
-¿Pero quién te ha podido contar semejantes quimeras?
-Tu criada. La he visto en el orfanato.
-Esta mujer no es mi criada y…”
Circe paró de golpe y me fulminó con su mirada.
“-Te acabas de traicionar.- repliqué yo. ¿Cómo puedes saber de quién se trataba? Empero no te he dado ninguna descripción.
-¡Ya basta!
-Sólo Zeus ha podido prevenirte de mi eventual llegada y del peligro que esto representaba.
-¡Estás delirando!”
Estaba tan rabiosa que no pude contenerme y di una bofetada a Circe con el dorso de la mano. Esto, sentirse mortificada tan sorpresivamente, la dejó inmóvil, la mano pegada a la mejilla.
“-Pagarás por este testimonio de odio y la locura que te domina el precio que sea menester.
-Tus amenazas no me asustan, no tengo nada que perder.”
De repente una voz vigorosa se levantó en la sala y me hizo temblar. Era Zeus dios de dioses, mi padre. Oí sus talones chasquear sobre el frío mármol y él surgió de detrás de una columna, mostrando una aterradora expresión de severidad.
“-Pequeña inconsciente. ¿Te das cuenta de lo que acabas de hacer?
-¿Qué estabais haciendo aquí? Estáis mostrando a la claras que estáis compinchados.
-Cállate, pequeña impertinente. Esta agresividad y tu comportamiento no merecen piedad alguna. Deshonras tu rango en el país del Olimpo.
-Ignoro de que habláis. ¿Qué puede haber peor para una joven que ser rechazada así por sus padres? Mirad como habéis actuado y decidme quién de nosotros se está permitiendo abrumar a quién.
-Merecerías conocer el infierno para quejarte así. ¿Crees que los dioses están coronados de una aureola de pureza que los protege de toda falta? ¿Crees que los humanos nos podrían perdonar tal cosa, a nosotros los dioses que les gobernamos? Sé un poco realista y no pienses que todo te es debido. ¿Es que tu egoísmo no tiene freno alguno para que hayas olvidado de esta manera las reglas más elementales?
Me puse a llorar.
“-Vosotros me decepcionáis enormemente- replique yo,-no solamente estoy huérfana, tampoco volveré a confiar en vosotros. Vosotros no merecéis la fe, el amor y la admiración de aquellos que os idolatran. No hay palabra para expresar aquello que yo debía aguantar por vuestra culpa. Vosotros no sois más que apariencia y orgullo, vosotros no sois más merecedores que yo de la casta a la que pertenecéis. Os odio. Si pudiera, os mataría.
-¿Como puedes osar infrajuzgarnos, tú, cuya boca no incita más que al rencor y la envidia?
-Enviémosla al infierno,- replicó a Circe, con un aire rencoroso – o sobre la Tierra. Esta chica es un demonio, ella no merece nuestra protección.
-¿Pero que he hecho – grité desesperada – que he hecho yo para engendrar tanto desprecio?
-¡Basta! mi decisión está tomada. Te condeno a vivir sobre la tierra por toda la eternidad. Allí conocerás el sentido de la vida y los auténticos sufrimientos de la existencia. Sólo el amor te librará de la maldición y, por fin, podrás vivir con tu alma en paz.”
Quise gritar, rechazar esta nueva aberración escandalosa e injusta, pero debí resignarme a ello. Me vi obligada a aceptar esta decisión. Zeus, dios de dioses, mi padre, disponía del poder más poderoso del universo y decidía así el destino de todos sus súbditos.
Nací por consiguiente por segunda vez en la Tierra.
Viví una nueva infancia, de la que no guardo gran recuerdo.
Me fue necesario simular inocencia para no traicionar a la juventud de mi nuevo cuerpo. Y me aburrí largos años en medio de esos niños de los que, espiritualmente, podría haber sido su padre.
Poseía largos cabellos ondulados negros que descendían por mi espalda, así como una piel increíblemente blanca. En aquella familia, cada uno de sus miembros, pensaba que yo había sido atacada por una funesta enfermedad que confería a mi piel esta espantosa palidez. Mis ojos se encontraban tan oscuros que no se sabía nunca a quien miraba ni aquello que sentía. Esta apariencia fría y frágil, me hacía ser objeto de burlas y desprecios por parte de mis congéneres.
Mi cuerpo dio pronto fin a su crecimiento y al tiempo me fue imposible el modificar de manera alguna lo que soy. Mi corazón dejó de latir, mi sangre no coaguló más en mis venas, no respiraba más que por rutina. El menor corte, la menor incisión, se volvía a cerrar instantáneamente para volver a su estado inicial.
A la edad de dieciséis años, sentí la necesidad de liberar todo el rencor que mi nueva vida había hecho agrandar en mí. Decidí por consiguiente terminar con aquella caricatura de familia que me pesaba más cada día. Degollé a mi padre y mi madre y reserve la misma suerte a mis hermanos y hermanas.
Acometí entonces un largo viaje a través de Europa. Visité cada ciudad, cada país, esperando poder dejar allí un poco de mi amargura. Quería aprovechar todos los instantes de mi segunda existencia para vengarme de Zeus y Circe. El odio a los dioses me llevó a abandonarme a una especie de decadencia, a la cual tomé placer en hundirme. No me abracé más a ninguna moralidad y prodigaba el odio y violencia tanto como podía.
Me acuerdo de una sombría época en la que erraba, acompañada de criminales de lo más peligroso. Buscando iglesias y lugares de culto para prenderles fuego. Profesaba un fanatismo sin límite contra todo aquello que pudiera recordarme la existencia de dios. Matábamos a los sacerdotes, a las religiosas, en el sagrado de sus edificios, con una crueldad insensible. Liquidábamos a cualquiera que osara hacer alarde o proclamar sus creencias. Cada día, nos convertíamos en los verdugos del ateísmo.
Sin embargo, esta venganza me parecía demasiado somera y el odio que se agrandaba en mí se volvía cada vez más y más voraz. Asesiné entonces a mis acólitos asesinos y proseguí mi búsqueda en soledad. En todas partes y ante todos, me mostraba bajo el peor aspecto. Mataba por el sencillo placer de engendrar el mal. Utilizaba a los mortales como objetos, los trataba con el más profundo desprecio, forzándoles en las perversiones más abyectas antes de deshacerme de ellos de manera radical y definitiva. A cuantos hombres y mujeres he penetrado con mi sable o mi gladius. A cuantos, he ahogado, degollado, envenenado. A cuantos he destruido con la sola fuerza de mi espíritu. Fuí así en el origen de innumerables conflictos quién animaba el odio de los unos y los otros. Sería fastidioso para mí el enumerar todos estos desvaríos. Esto supondría un trabajo de carácter autobiográfico en el cual no deseo detenerme. Sin embargo, sabed que este periodo destructivo y mortal duró demasiado tiempo y mi sed de venganza no fue por ello aplacada.
Varios centenares de años transcurrieron.
Al principio, el castigo impuesto por Zeus me estaba pareciendo bien ligero. Vivir siempre. Muchos verían en ello una suerte inesperada. La fortuna de realizar todo aquello que no se tiene tiempo para hacer en una sola vida.
Para mí, esto fue bien pronto diferente. La existencia no es de color de rosa cuando se pasa todo el tiempo despreciando la vida. Ninguno de los mortales que encontré me interesaba, todo no era más que desolación y aburrimiento.
Me encontraba, contra mi voluntad, excluida de una casta, rechazada por mis padres, desterrada de mi país, obligada a sufrir un castigo ilegítimo.
Podía privarme de dormir, de comer, sin que me doliera, pero no podía impedir a mi espíritu reflexionar. No estaba dominada más que por oscuros pensamientos, por aquellos que se querría expulsar pero que absorben tanta energía que no hay lugar para ningún otro.
Pensando bien en ello, Zeus había sido duro conmigo. No osaba imaginar cuantos siglos debería todavía aguantar antes de acabar con esta vida que no servía para nada y que acabaría detestando.
Un hombre me hizo donación en herencia de un castillo en el norte de Inglaterra. Construido en el más puro espíritu gótico, aquella obra arquitectónica fastuosa era la obra cumbre de un arquitecto talentoso. Mi donante, sin familia, había debido encontrar en mí una confidente comprensiva. Según los criterios de la época, el quería sin duda testimoniarme su simpatía o su reconocimiento. El dinero nunca me había interesado, pero acabé poseyendo numerosos bienes y aquel castillo formaba parte de este patrimonio que dejaba crecer con desinterés. Encontraba en aquel lugar, una serenidad que me permitía huir de una realidad triste en la que no quería participar.
Estábamos en aquello que se llama hoy la Edad Media. Me encontraba una vez más en la más completa soledad.
Para burlar a mi aburrimiento, me paseaba a veces a caballo, avanzada la noche. Mi única meta era aterrorizar a los lugareños. La muerte de los humanos me fascinaba y cuando les veía perecer por la hoja de mi espada, experimentaba un violento deseo, casi de envidia. Observaba sus ojos desorbitados, al principio aterrorizados por el dolor, después apacibles, descargados de todo sentimiento de inquietud. Parecían entonces felices, impacientes por tomar el camino que les dirigía a las puertas de la muerte. Por esto, maté a algunos, por el sencillo placer de divertirme, contemplar el espectáculo divino, soñar con la única cosa que yo no podría nunca poseer.
En aquella época, las gentes se complacían con un oscurantismo religioso y no era difícil pasar por una entidad mística. Como consecuencia de mis divertimentos mortales, obtuve rápidamente una curiosa reputación y a ello siguió una ola de odio hacia mi persona.
De vez en cuando, aquellos lugareños venían a golpear las pesadas puertas del castillo. Amenazaban con prenderlas fuego, prenderme a mí o arrojarme al fuego. Yo me asomaba desde la escalinata de la entrada con la manera más desafecta que fuera, silenciosa e impenetrable. Me contentaba con observarles sin manifestar el menor resentimiento.
Leía en sus ojos inquietos, aquel espanto que engendraba en ellos, y aquello era para mí una delicia de distracción. Mi apariencia fría y extraña era suficiente para hundirles en el más profundo terror. Me ponía a proferir palabras misteriosas que inventaba en el instante, amenazándoles con transfórmales en piedra si se aproximaban otra vez al castillo.
Aterrorizados, se refugiaban en su aldea, encerrados por varios meses y yo volvía a hundirme en mi inmortal aburrimiento.
Este perpetuo hastío habría sin duda podido conducirme a todo tipo de desenlaces desafortunados. Por ello, acabé por admitir, frente a una existencia tan miserable y torturada, que sólo el suicidio podría liberarme.
Esta nueva perspectiva me aportó algunas esperanzas irreflexivas. Decidí estudiar ciencias ocultas y más concretamente la magia negra. Esta me parecía igualmente un medio para yo enfrentar la maldición de Zeus. Si descubría un veneno bastante poderoso, para matarme, podría elegir así mi muerte y terminar. No era difícil para mí de procurarme aquellos misteriosos manuscritos. No tenía escrúpulo alguno, ni nada que perder. Estaba de nuevo preparada para robar y matar para satisfacer mi nueva sed de conocimiento. Disponía igualmente de un tiempo ilimitado para llevar a cabo mis investigaciones y hacer realidad mi sombrío proyecto.
Durante varios años concentré mi energía y mi tiempo en hacer realidad lo que consideraba el fin último de mi vida, mi revancha, mi redención.
Salía de noche para desvalijar a los mercaderes de libros, hechiceros y curanderos. Les interrogaba bajo amenaza, antes de eliminarles, para no tener que temerles. Adquirí prontamente una gigantesca biblioteca de grimorios con los más raros y más preciados. Conseguí pronto realizar poderosas decocciones que sobrepasaban mis esperanzas. A veces, debía retener a uno o dos mortales en mi camino para utilizarlos como cobayas.
Esta nueva ocupación me fascinaba. Recuerdo haber elaborado una mixtura que hacia envejecer a los humanos un año en una hora. Por supuesto, me encontré rápidamente ante una montonera de cadáveres con los que no sabía que hacer.
El castillo se había convertido en un auténtico laboratorio. Cual hechicera, manipulaba todos los ingredientes que la naturaleza podía procurarme. Cuando elaboraba un nuevo filtro, me apresuraba en hacerlo degustar a un mortal para asegurarme el buen resultado de mis investigaciones. Y después, cuando constataba que el mortal perecía, contemplaba mi frasco con esperanza y deseo antes de bebérmelo de un trago.
Como aquello no funcionaba, me enganché enseguida a otro tipo de experimentación con otros encantamientos y nuevas esperanzas. Desgraciadamente, ningún filtro me hizo nunca el menor efecto. La magia negra no tenía más poder que sobre los mortales. Estaba por consiguiente condenada. Nada, ni nadie podría salvarme. No me quedaba más que errar, arrastrarme, enterrarme viva en una existencia monótona e insoportable.
Me ensombrecí entonces en una especie de depresión nerviosa intensa de la que no quería salir más. Pasé meses durmiendo. Bebí alcohol en cantidades tales que a un mortal hubiera hecho morir pronto. Pero sabía que no podía esperar nada de los daños del alcohol. Las células que yo destruía se recomponían ellas mismas para regresar a su estado inicial.
Después de una crisis melancólica, tuve la idea de cortarme un dedo. Quería observar como mi invulnerable organismo se rebullía para poner todo los medios para reconstruir unas falanges nuevas.
Tomé un gran cuchillo de cocina y rebané mi índice con un golpe seco.
Sentí un dolor espantoso, por supuesto. Pero cosa rara, no hubo ni una gota de sangre. Me deshice del dedo índice amputado y lo arrojé por la ventana para estar segura de no verlo más. Acontinuación, me coloque sobre la cama con varias botellas de licor y escruté mi mano mutilada.
Es entonces cuando vi mi piel y mi carne avanzando lentamente. Milímetro a milímetro, reformando un dedo intacto, sin la menor cicatriz. No era ni más hermoso, ni menos estético, era idéntico.
Todo esto me desesperaba. No cesaba de darle vueltas a las palabras de Zeus: “Sólo el amor te librará de tu maldición y al fin, tu podrás ir con tu alma en paz.” Si al menos me hubiera dado una pista…
Finalmente, me deje convencer de que un día caería enamorada o alguien caería enamorado de mí y yo me moriría…
Bonita perspectiva.
Una mañana, los habitantes de la aldea vecina me rindieron visita armados de antorchas y espadas. Ellos no me daban más miedo que el de costumbre y les deje entrar en el castillo. Sin embargo, ellos descubrieron los centenares de cadáveres humanos en descomposición que había utilizado en mis experiencias. Se pusieron a vociferar los peores insultos a mi persona y a amenazarme. “¡Muerte a la hechicera, quemémosla, matémosla!”. Todo esto me era indiferente, ¿qué podían hacerme? Esos miserables no tenían desgraciadamente ningún poder sobre mi vida.
Les oí entrar en mi laboratorio para saquearlo todo, para destruirlo todo. Es entonces cuando subieron las escaleras de piedra que llevaban a mi habitación. Esta vez, eran mucho más numerosos que de costumbre, quizás quinientos o mil para buscar mi defunción. Vi sus miradas con odio que me acusaban de todos los males de la tierra. Uno de ellos se aproximó a mí, alardeando de un desprecio que sobrepasaba lo racional, para escupirme en la cara. Otro, más temerario y sin duda con más determinación, con un gesto expeditivo, plantó una estaca en mi vientre. Sentí mis entrañas abrirse y todo el odio de mi vida rebrotó en mí.
Me levanté de la cama, la piqueta de madera clavada en mi carne y me puse a insultarles. Cogieron miedo y huyeron otra vez más aterrorizados de lo que estaban antes. Me quité la estaca y la tiré al suelo. Fatigada y desesperada, me eché de nuevo en mi lecho para llorar en él la miseria de mi existencia.
Oí de repente las llamas invadir el castillo, crepitar en mi habitación, después bajo la cama. Afuera, los aldeanos gritaban victoria y la fortuna de haberse deshecho de aquella que consideraban una encarnación diabólica.
Dejé a las llamas conquistarme para convertirme en su hogar. Si las quemaduras me producían dolor, este sufrimiento era bien menor a aquel que devoraba mi alma.
Me levanté y descendí lentamente las escaleras del torreón. Me encontré entonces en la escalinata de entrada, el cuerpo incandescente, impasible en medio de una hoguera que destruía el castillo. Estaba hasta tal punto triste que nada de nada me importaba. Ya estaba muerta.
Los aldeanos me observaban con curiosidad y pavor. No comprendían como podía resistir a un calor tan agobiante y a las magulladuras de mi piel, supuestamente quemándose.
Pero como por milagro, la lluvia se puso a caer, una lluvia copiosa y espesa. En el espacio de unos minutos, esta lluvia extinguió el fuego que devoraba los muros de mi residencia y calmó mis heridas.
Este favor inesperado llevó a los lugareños a enfurecerse más todavía como no lo habían estado antes.
“¡Una hoguera es lo que se necesita! ¡Es una hechicera!”
-Eso es, nosotros no la mataremos más que con la hoguera. Satán no perecerá mas que con sus propias llamas.”
Dos hombres se acercaron a mí y me tomaron por los brazos para inmovilizarme. Después, otros dos, armados de cuerdas, se aproximaron a su vez. Me ataron las piernas y los brazos para montarme a lomos de un caballo.
La multitud de mirones era aterradora en su aversión a mi persona. Algunos me golpeaban, me gritaban, me arañaban, me escupían al cuerpo, desgarraban mis ropas, me arrojaban piedras. Estas humillaciones no me hacían sin embargo ningún efecto, ya había abandonado mi cuerpo, no estaba allí, había decidido que estaba muerta.
Llegamos a la plaza de la aldea. Allí, todos se afanaron en erigir una alta hoguera en un visto y no visto. Les veía ebrios de felicidad por desembarazarse por fin de mí. Aquellas gentes hacían gala de expresiones de satisfacción, de alivio que empezaban a exasperarme.
Me ataron a la hoguera y me arrancaron un poco más de vestido para que se viera mi cuerpo desnudo. Un silencio ceremonioso se produjo cuando un sacerdote rodeó la hoguera con paso lento. Éste hizo una oración para que mi alma fuera lavada de todos sus pecados y yo fuera acogida en el paraíso.
Un verdugo, enmascarado con una caperuza negra, atravesó la multitud y todos se alegraron con un gozo sin precedente. Lanzó su antorcha sobre los leños y estos se prendieron rápidamente.
Gritos histéricos se elevaron en la multitud y me di cuenta de cuan estúpidos e ingenuos eran aquellas gentes. Había tenido que soportar sus sarcasmos y sus odios, aunque ellos no me habían conocido más que a través de mi aspecto más sombrío.
Las llamas abrasaron lo que quedaba de mis ropas mientras nuevas quemaduras herían mi epidermis.
Las cuerdas que me tenían atada a la hoguera se aflojaron pronto y fui por fin libre.
Avancé en medio de las llamas y contemplé las caras encogidas de los espectadores sorprendidos con tal resurgimiento.
No les presté más atención y cerré los ojos para concentrarme.
Elevé entonces los ojos y las manos hacia el cielo para invocar a mis padres, a Circe y a Zeus, dios de dioses, mi padre.
“¡Os maldigo! – Grité para conocimiento de ellos.-Pretendéis ser dioses bienhechores y sin embargo habéis engendrado el mal.”
La multitud me contemplaba como a una hechicera luciferina, que vociferaba palabras incomprensibles a unos interlocutores invisibles.
“Deseo que la maldición me lleve lejos con ella y nutrirme de su esencia, de su fuerza, para vengarme de vosotros. Destruiría entonces cada dios del Olimpo y no estaría satisfecha hasta que vuestro país fuera reducido a cenizas. Acontinuación, cuando vuestras almas perezcan, perdidas en medio de las llamas del infierno, vosotros quizás os acordéis de aquella que vosotros habíais desterrado y de todo aquello que la hicisteis sufrir.”
Imaginaba que Zeus se encontraba allí, que él me escuchaba con interés, no sabiendo si debía temerme o destruirme.
Sentí de repente una increíble energía recorrer mis brazos. Como si una fuerza invisible me cargara de un poder prodigioso del que ignoraba para qué era. Miré mis manos heridas y descubrí unos rayos concentrados de luz que se escapaban por sus extremos.
Comprendí entonces que pesar de todos sus esfuerzos de exclusión, Zeus, dios de dioses, mi padre, no había podido evitar el milagro de la descendencia. Sin saberlo, había heredado algunos poderes divinos. Mi espíritu de venganza desmesurada vino a revelar estas facultades todavía ocultas en mí.
Levanté los ojos al cielo y solté hacía allí esta energía. Los relámpagos fulminantes y cegadores abandonaban mis brazos para abrasar al cielo, bajo las miradas encogidas de los turbados lugareños. Parecía que mis venas y mis arterias se encontraban súbitamente prolongadas con esta luz destructiva en un cielo que tenía todo el aspecto de una piel de cebra. El trueno rugía con una violencia ensordecedora y las nubes se tiñeron de colores enrojecedores.
“¡Tomad eso!- grité otra vez, con una voz tenebrosa.
Lancé una descarga más intensa y el rayo inflamó el cielo y varias casas del entorno. Me encontré pronto ante un cuadro dantesco en el que todo se encontraba al mismo tiempo presa de las llamas y de mi abominación.
Un odio incontrolable seguía ganándome mientras que una energía devastadora se apoderaba de mi cuerpo para convertirlo en una máquina maquiavélica a la que nada podía detener.
Lancé nuevos rayos que pulverizaron el campanario de la iglesia de la aldea así como otras dependencias. Sentí una especie de alegría indescriptible, una felicidad apacible y maravillosa. Me dirigí hacia los lugareños y los reduje a cenizas con un solo gesto. Les observaba retorciéndose bajo mis rayos y pereciendo por mi sola voluntad. Gigantescas bolas de fuego les atravesaban uno tras otro. Vi al sacerdote arrodillándose por última vez, inmolado, entregando su alma a un dios al que había consagrado toda su existencia. Las mujeres y los niños fueron reducidos a cenizas, como vulgares trozos de carne abandonados a las llamas del infierno. Todos sucumbieron uno tras otro.
Abrasé de nuevo la tierra, la vegetación, la atmósfera. Todo no era más que hecatombe, devastación y ogros de llamas hambrientas animadas por un viento aterrador. Lancé otra vez nuevos rayos, y otra vez, y otra vez y otra vez, para que todo desapareciera y todo fuera destruido.
De repente contemple el paisaje con satisfacción. No quedaba nada con vida alrededor mío, solo un imperio de llamas, destrucción, la muerte nada más.
Un sentimiento de culpabilidad se apoderó de mi cuando caí en la cuenta de que aquel espectáculo fúnebre era obra de mis manos. Ellas hablaban por mi, ellas revelaban por fin aquello que quería expresar desde hacia demasiado tiempo. Habría querido abrasarlas, una última vez, como escarmiento. Pero preferí apuntar hacia mí y, con un solo gesto, libere toda la energía.
Aquello penetró enseguida en cada uno de mis miembros, en cada uno de mis órganos, en cada una de mis células, para pulverizarlas y dividirlas en múltiples fragmentos. Volví a sentir un dolor espantoso, diabólico, indescriptible. Me descompuse así en millones de pedazos, en millones de células, en innumerables partículas. No era nada más. Volví al estado atómico, una lluvia minúscula y dispersa de materia. Me había vuelto un componente del aire, del agua, vida reducida a la más minúscula manifestación. No tenía el menor poder sobre mi entorno, me dejaba llevar a merced del viento, de los caprichos de la física.
Puedo decir que he conocido los tormentos del infierno. He formado parte de los cuerpos de otros seres vivos para transmitir la vida, he visto el espacio, las estrellas, las luminarias celestes de allá arriba. Era a la vez polvo, infinito, nada y caos. Era todo y nada, estaba en todas partes y en ninguna.
Mi consciencia, esta otra, seguía pensando, reflexionando a través de aquellos millones de partes de mí que estaban a la deriva por el espacio.
Cuando recobré mis espíritus, las imágenes de mi pasado se manifestaron poco a poco en retazos de recuerdos. Vi el Olimpo y su ciudad divina, mi vida en el orfanato, Arteo y la indiferencia de mis padres. En fin, rememoré las humillaciones y los castigos de los aldeanos de Inglaterra, que no habían manifestado más que odio a mi persona.
Comprendí entonces que mi existencia no había sido mecida más que por el sufrimiento de ser excluida. Nunca se me había amado, ni apreciado. Dioses y mortales se habían sucedido para inculcarme hostilidad, el espíritu de venganza, el aborrecimiento. Mis padres no me habían dado más que una vida biológica, una existencia desgraciada, destinada a perderse entre la copiosidad de vidas mediocres. Era el fruto de un enlace maldito y escandaloso, un sencillo artificio, una hija que se prefiere ignorar a falta de haberla deseado.
En mi desgracia, ya tan grande, yo no había sabido más que proseguir lo que mis padres habían engendrado. Me había entregado a un combate sin piedad para destruir mis orígenes; mi pasado, las raíces de mi dolor.
Era la prueba viviente de que el odio es la antítesis del amor, su perspectiva negativa, su lado oscuro, su sombrío reflejo. Me había sumergido en la oscuridad de una existencia desgraciada, no esperando más que morir para liberarme de este funesto pasado.
Abrí lentamente los ojos y fui inundada por el azul luminoso de un cielo de verano. Sentí el viento que acariciaba mis cabellos y el sol, siempre ahí, brillante con sus mil fuegos. Estaba desnuda y expuesta al sol sobre un montículo de tierra. El musgo había crecido bajo mis pies y algunas plantas habían crecido entre mis brazos y mis piernas. Volví a encontrarme en un decorado desconocido, muchas veces transformado por los caprichos de la naturaleza. Intenté realizar un movimiento sin conseguirlo. De repente, me pareció que todos mis pensamientos se mezclaban unos con otros en un desorden confuso e incontrolable. Me arriesgué con otro gesto pero perdí el conocimiento.
Me desperté entonces en un convento situado a un centenar de kilómetros del lugar en el que me desintegré. El hecho de encontrarme en un lugar de culto no dejaba de desconcertarme. No olvidaba a esos centenares de religiosos que había hecho desaparecer para engranar mi odio a los dioses. Además, la ironía de mi situación no dejaba de recordarme que aquí yo era una intrusa. Debía por consiguiente proteger y preservar mi auténtica identidad hasta que yo fuera capaz de comprender como había llegado allí.
En el pasado, ya había podido constatar la rapidez con la que el mundo avanza. Por ello, me imaginé que habría podido sofisticarse mucho en mi ausencia. Las lenguas, las culturas, las tecnologías, las fronteras, las costumbres y los usos sociales habrían sin duda sufrido muchos cambios y debería conocer todo esto antes de reasumir mi autonomía. Decidí permanecer muda e impasible ante todas las preguntas de las religiosas, para nunca desvelar mi angustia, ni mi sorpresa, ante los resultados de la evolución del mundo.
Las hermanas, frente a mi silencio, concluyeron que estaba amnésica. Con una paciencia admirable, ellas me inculcaron todos los avances de una humanidad presa en un laberinto de mutaciones. Para estas pobres mujeres, mi ignorancia era debida a una terrible conmoción psíquica y redoblaron sus energías para sacarme de la postración de aquella hipotética enfermedad. Con el tiempo y su ayuda, acabé por engullir gran cantidad de libros y de conocimientos que me instruyeron suficientemente para liberarlas de su carga.
Las dejé pronto, ávida de descubrir con mis propios ojos esos cambios inesperados de los cuales había oído hablar tanto.
En 1886, con unos duros de plata que las hermanas me habían regalado, me instale en Londres. Me acuerdo de mi asombro al contemplar los lienzos de las galerías de arte, los museos sistematizados donde recorrías la historia de varios siglos con algunos pasos, los ingleses anónimos, vestidos majestuosamente y que corrían en medio de la multitud formando parte de una eterna carrera hacia ellos mismos.
Tras una exposición de escultura, conocí a una estilista de moda talentosa que me propuso llevar sus creaciones durante sus desfiles. Aunque no tenía necesidades de orden alimenticio, me hacia falta sin embargo un lugar en el que alojarme, y este empleo providencial me permitió alquilar un apartamento elegante en el centro de la capital.
En 1889, durante la Exposición Universal, presentamos las creaciones de la joven mujer a un público parisino hastiado y sediento de novedades. Gracias a sus innovaciones, conocimos un triunfo sin precedentes y la joven estilista se fue por otros caminos.
Por mi parte, me gustaba frecuentar los medios artísticos y me integré prontamente en aquella explosión de creatividad y de exaltación permanente. Conocí a numerosos pintores, escritores, arquitectos. En Paris y Londres, todos afanándose en imaginar un mundo nuevo, el siglo XX se anunciaba como la culminación de las esperanzas más felices.
Desgraciadamente, la realidad fue otra, y cuando la Primera Guerra Mundial se abatió sobre Europa, abandoné Inglaterra para recorrer el mundo. No quería asistir al triste espectáculo de la autodestrucción de un pueblo, obnubilado por el poder, presto a todo sacrificio para imponer su dominio.
Fui en busca de una nueva espiritualidad. Quería descubrir las diferentes culturas y la multiplicidad religiosa por el mundo. Aunque el reino de Zeus, como tal, se había reducido, su dominio no había decrecido gracias a la abundancia ecléctica de creencias. Imaginaba que lazos perniciosos se tramaban entre todas estas religiones y quería hacerme a mí mismo la demostración. Pasé así numerosos años en la India, en China, en Japón, en África para estudiar la evolución de la humanidad e intentar comprender como todos estos hombres veneraban a la hora de la verdad a Zeus, dios de dioses, mi padre.
Durante este largo periodo, una segunda guerra llevó al mundo a un conflicto de una increíble perdición. Antes, Hitler proyectó el espectro del nazismo sobre la humanidad para borrar de ella lo que consideraba horrores y defectos.
No volví a Francia hasta 1960. Mi largo periplo no me había instruido tanto como esperaba en cuanto a mis orígenes, pero me permitió descubrir la existencia de pueblos de los que ignoraba todo hasta entonces.
Además, con el fin de satisfacer mi insaciable sed de conocimientos, me inscribí en una universidad de ciencias aquel mismo año. Mi pasado como alquimista ilusionada de la magia negra me parecía ahora realmente burdo comparado con las maravillas que ofrecía la tecnología del siglo veinte.
Cambié mi nombre y conseguí agenciarme unos documentos falsos que me garantizaban el más perfecto anonimato. Encontré entonces un empleo en un importante instituto de investigación en el que me especialicé en el tratamiento de enfermedades letales. Esta experiencia me apasionó tanto más cuanto me permitió comprender los procesos de la vida y de la muerte. Mi gran conocimiento de la práctica forense asociada a las nuevas tecnologías, me permitieron el acceso a resultados prodigiosos.
Gracias a los éxitos que conseguí, pude comprar una residencia a lo medieval copiada de un edificio neogótico. Reencontré entonces la tranquilidad olvidada de mi castillo del norte de Inglaterra.
En 1980, me tocó realizar un encuentro tan inesperado como turbador. Las preguntas que me habían tanto tiempo torturado iban por fin a conocer respuesta con unas explicaciones tan increíbles que mi desgraciado espíritu a duras penas las hubiera imaginado por si mismo.
Es en Londres donde tuvo lugar esta desconcertante entrevista. Había sido invitada a asistir a un coloquio sobre el tema de la reencarnación. Por supuesto, yo no esperaba sacar gran conclusión de esto y la velada amenazaba con ser falta de interés.
Para mí, el objeto de atención se situaba entre el público de la amplía sala de conferencias. Divise la cara de un muchacho que no me parecía desconocida.
Tras haberle observado durante muchos minutos, me di cuenta de que era Arteo, mi mentor en el Olimpo, el único que había sido bueno conmigo. Enseguida, el gozo siguió a mi sorpresa y esperé el final de la reunión con una impaciencia no disimulada.
Cuando todos terminaron de salir del local, me reuní con aquel joven detrás del edificio. Se giró hacia mí y vi entonces sus ojos arder de fuego con un encanto inesperado. Me arroje a sus brazos como una niña, liberando mi inmensa satisfacción de encontrarme otra vez con él. Me apretó contra él y me besó la frente afectuosamente.
“Mortanna, tu aquí.
-Si, Arteo. Siempre he estado aquí.
-Ven, rápido, - me dijo. – Este tipo de reencuentros no deben celebrarse en la calle. Vámonos a mi casa, creo que tenemos muchísimas cosas que decirnos.”
Le seguí en la semipenumbra de una noche sombría, y nos dirigimos a su apartamento, a un centenar de metros de allí.
Nos sentamos en el salón y contemplé a Arteo. El estaba sentado con un porte lleno de nobleza y me miraba con afecto. Tenía un rostro fino y dulce, cuyos rasgos casaban con un pasado vivido con tranquilidad. Como yo, poseía grandes ojos oscuros en los que podía leerse la profundidad del universo. Sus largas y finas manos acariciaban su mentón en un movimiento inconsciente y nervioso. Me di cuenta de que para mí, él sería siempre esa fuente de conocimiento inagotable, en la cual yo ya había abrevado con tanta pasión como avidez. Percibí que esperaba mis confidencias, empecé a narrarle mi historia.
Esta era la primera vez que confiaba así mi vida a alguien, que le exponía todos los detalles, mis sentimientos más profundos, mis esperanzas irracionales, mis desilusiones. El hecho de poner mi pasado al desnudo me procuró una sensación de bienestar inesperado. Mi inconsciente, en un arrebato, descargó sus rencores y frustraciones, sus esperas interminables y sus sufrimientos no confesados. Además, cuando hube acabado mi relato, las lágrimas corrieron por mis ojos y estallé en sollozos. Sin duda había sido la emoción de liberarme de una vez esos pesados recuerdos, que nunca había podido compartir.
El me escuchó con interés, sin interrumpirme, sin hacerme preguntas, como el mentor que había sido siempre para mí. Me estrechó de nuevo entre sus brazos, con un gesto de afecto que se habría podido atribuir a un hermano o un padre, y besó mi mano con el fervor de un amante.
Él levantó entonces los ojos al cielo, como para contemplar irreales imágenes que venían a alimentar sus recuerdos, después me contó su aventura.
“Cuando Zeus te expulsó del Olimpo. Me enfurecí de una manera increíble. Yo también pensaba que el cometía un error, que él y Circe estaban en el origen de tu miseria y que ellos eran los únicos responsables.
“No pudiendo rebelarme sin incurrir en tu misma suerte, me puse a intentar comprender lo que pretendía Zeus con tales artimañas.
“Yo sabía que dirigía cada uno de los elementos del universo, que todos nosotros éramos creación suya, fruto de su voluntad. Teóricamente, cada uno de nosotros había sido concebido con el mismo interés de detalle. Cada uno de los humanos recibía ventajas como desventajas, todos poseían tanto dones como perjuicios. Pero bien pronto, me di cuenta de que todo esto que se nos había inculcado era falso. Mi experiencia me había permitido constatar numerosos ejemplos de vidas completamente arruinadas, perdidas, vidas insignificantes que no habían hecho más que sufrir dolor.
“Entonces me he encontrado ante dos hipótesis. La primera era que Zeus usurpaba su trono de dios de dioses, que no poseía tanto poder como nos quería hacer creer. La Humanidad era así obra desgraciada del azar, los humanos victimas de una naturaleza caprichosa.
“Pero, al igual que yo, tú has podido constatar la inmensidad de la extensión de los poderes de Zeus. Tu sabes también que el domina todo, que el existe desde muchísimo antes de la creación del universo, que el puede igualmente engendrar el caos más devastador como las maravillas deslumbrantes de un paraíso inesperado.
“Mi segunda hipótesis, y la que sostengo, es que Zeus sabe desde nuestro nacimiento, que caminos vamos a tomar, que trampas nos vamos a encontrar, cuando y cómo moriremos. Tengo la certeza de que nuestra vida ya está toda trazada desde nuestra concepción.
-Tu racionamiento es pertinente, Arteo. Pero no comprendo a donde quieres llegar.
-Como tú misma has dicho a tu llegada a la tierra, fuiste tratada como un demonio, que tu venganza sobrepasaba tu deseo de vivir. Me has dicho que has diezmado poblaciones enteras, matado a inocentes, nada más que para vengarte del desprecio de los dioses.
-Pues sí, es cierto. ¿Quieres decir que era la voluntad de Zeus?
-Exactamente. Él ha elegido nuestra existencia y nuestro destino. Es él quien ha querido conducirte a tales extremos. ¿Quién más podría haberlo hecho? ¿Quién más habría podido entregarte esos misteriosos poderes con los cuales exterminaste a aquellas pobres gentes?
-Zeus, probablemente.
-Por supuesto que fue él. El te ha creado con todos tus elementos. Aún más, en tu caso es más que evidente que él es tu padre. ¿Crees que un dios sea bastante estúpido como para encumbrar a hijos que no desea?
-¿Pero con qué fin? No veo que tiene de interés crear seres destinados a sufrir.
- Pero él se da por enterado, y no en menor grado. No olvides que Zeus es ante todo un dios, el ser más poderoso del universo. Zeus quiso que tú supieras que él era tu padre para que te rebelaras contra él. El quería agrandar en ti este odio, en el que has explorado tanto sus tormentos. Al enviarte a la tierra, sabía perfectamente cuanto daño harías a esos inocentes, lo había previsto. Pero tú, sin pensar siquiera en ello, has engendrado el miedo, el temor, el terror. Esos desgraciados mortales, impotentes antes los fenómenos que tú fabricabas, no tenían otra solución que buscar un santuario, un refugio. El único refugio que estaba a su disposición era la religión, la creencia en un dios todopoderoso que les permitiera superar el alto muro del miedo.
Me sentí aturdida, perdida ante las consecuencias que implicaban las revelaciones de Arteo. Pero he aquí que en un segundo, las preguntas que habían torturado a mi alma hasta el punto de querer destruirla encontraron una respuesta sencilla, clara, aterradora.
Zeus, dios de dioses, mi padre, se me aparecía ahora con todo el resplandor de su poder, de su inteligencia, de su supremacía.
El había jugado conmigo, como había hecho sin duda con muchos otros. El me había enviado con el único objetivo de verme destruir aquello que él deseaba que yo asolara. Yo había encarnado el mal, el lado oscuro de la vida, una criatura demoníaca. Así yo había aterrorizado a millares de mortales. Aquellos, perdidos ante fenómenos tan monstruosos, no tenían más refugio que la fe, la creencia y el amor de su dios.
Así, en mi ignorancia, había servido al ansia de poder de Zeus, a su engrandecimiento, a su autoridad. Había acrecentado la extensión de su reino, desarrollado la consideración hacia él.
Me di cuenta entonces que en un sistema tal, Zeus había tenido que utilizar a algunos de sus subalternos para engendrar las peores catástrofes, guerras por ejemplo. Cuantos hombres poderosos han sido manipulados de este modo por el dios de dioses, cuantos Adolfos Hitler, Napoleones… ¿cuantos ilustres desconocidos habían descargado tanto odio para simplemente servir a la extensión del poder de Zeus?
Sin duda había centenares de personas como yo. Seres de tal manera torturados que solo al horrorizarse de si mismos podrían evitar su propia devastación. Cuando un mortal ha perdido todo, le quedaría su vida por perder. Pero uno de los míos podía destruirlo todo, su vida era un castigo, el símbolo de una injusticia, una prisión. La ausencia de finalidad para esta existencia en perpetuo estancamiento, no podría más que engendrar odio a toda forma de vida.
Sentí sobre mí la mirada del joven mentor que constataba con cuanto pavor iba comprendiendo sus revelaciones. Ausente, inerte, sin pestañear, le pregunté con voz afectada:
“Y tú, ¿Cómo es que te encuentras aquí?
- Puse en conocimiento de Zeus estas mismas reflexiones de las que te acabo de hacer partícipe. Él no me objetó nada, ni me hizo comentario alguno. A decir verdad, no dijo palabra. Y después me encontré aquí, sobre la tierra, hace cinco años.
-¿Y tú? ¿También has engendrado el mal para vengarte? Proseguí en mis pensamientos.
-No, sabía que eso no serviría para mucho. Por el contrario y siguiendo mi hipótesis, desconozco con qué cometido Zeus me ha enviado aquí, por ahora.
-Sin duda no para comprobar tus hipótesis. Tú mismo has dicho que nada es fruto del azar.
- Pues sí, eso sería completamente un sinsentido.
-Así es.”
Me levanté como un fantasma, un sombra alejada de la luz. Dije adiós a Arteo, que no comprendió porque me marchaba tan súbitamente.
“Cuídate, mentor bien amado, - le dije. Nos encontraremos pronto, para siempre.”
Abandoné su apartamento ocultando mi cara de su campo de visión. No quería que supiera, que se diera cuenta de que sin quererlo las lágrimas brotaban de mis ojos.
Una semana más tarde, no me pilló por sorpresa la noticia de que Arteo había sido victima de un terrible accidente la noche de nuestro encuentro. En su casa se había declarado un alarmante incendio y su cuerpo había sido encontrado crucificado y carbonizado sobre un muro de su apartamento.
He vendido mi casa y he suprimido todo rastro de mi existencia. Hoy, he escrito este relato que no tiene nada de autobiográfico, como ya he dicho. Ignoro si comporta un interés científico o religioso. Pero si uno de los míos lo lee, creo que comprenderá mi camino y no repetirá el error de aceptar las manipulaciones de Zeus. Lo enviare mañana a un notario parisino, el cual lo conservará hasta el afortunado día de mi muerte. Para asegurarme de que este testimonio no sea descubierto antes de esa fecha, cada mes, le enviare una carta en blanco con una letra M marcada al agua. Cuando yo desaparezca, este manuscrito será transmitido a varias bibliotecas y a un centro de investigaciones científicas.
La maldición de Zeus, dios de dioses, mi padre, va desgraciadamente a seguir persiguiéndome. Harta de tanto pelear, pienso nuevamente en sus palabras: “Solo el amor te librará de tu maldición y, por fin, podrás ir con tu alma en paz”
Cuando leáis estas líneas, estaré feliz, habré conocido por fin ese sentimiento tan misterioso que es el amor. Los sufrimientos infernales de mi vida habrán dejado de hostigarme y, por fin, descansaré en la tranquilidad maravillosa de la noche eterna.
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