NOCTURNO DE TINIEBLAS
Traducción del relato “Nocturne brouillard”.
La traducción del francés fue realizada por Óscar B. Lucas.
Para realizar esta traducción se ha empleado un texto publicado en la página web oficial del autor.
Todo estaba en calma. Solo mis dos faros amarillos se adentraban dentro de esas nubes blancuzcas mientras observaba el asfalto que parecía diluirse bajo una espesa niebla.
Dejaba atrás la inauguración de un edificio creado por un grupo de arquitectos. El champán había corrido abundantemente, sin embargo yo no estaba borracho, sólo chispa o un poco alegre.
No debían ser más de las veintiuna horas, pero en aquel mes de noviembre, la niebla inundaba el campo raso con sus formas volubles ondulantes para envolverlo con un insondable misterio.
Me concentraba tanto como podía en la conducción de mi vehículo esperando no tener un encuentro desafortunado con un gendarme equipado con el fatal alcoholímetro. Aunque entonces era consciente de mi embriaguez, no debían ser muchos los gendarmes, allí, en medio de ninguna parte a la espera de los pocos y raros vehículos.
Sin embargo, después de algunos kilómetros, los velos de bruma se disiparon y recuperé una visibilidad normal. Me sentí enseguida más relajado. La idea de recorrer la treintena de kilómetros que me separaban de mi casa no me hacía ninguna gracia con esas condiciones atmosféricas.
Pero aquí, a lo largo de la carretera, divisé de repente a una joven mujer que parecía perdida. Mis faros amarillos barrieron su cara y descubrí unos ojos asustados. El siguiente pueblo estaba a diez kilómetros de camino y decidí detenerme.
“¿Puedo dejarla en alguna parte?”
La joven mujer parecía confusa, tímida, casi salvaje.
“Si usted quisiera, dijo ella, abriendo la puerta.”
Ella se sentó a mi lado y la di un vistazo rápido.
Ella tenía sin duda más de veinticinco años. Su cara estaba rodeada por espesos rizos rubios y sus ojos azules eran tan claros que no contrastaban en absoluto con el color de su piel
“- ¿Adonde va a estas horas?
- Al pueblo de al lado, dijo ella con una voz suave.
- ¿Y sale a pasear siempre así, completamente sola, de noche?
- Yo no me paseo… Es que soy… sonámbula. Desde el momento en que me duermo no puedo reprimirme el caminar. Le parecerá extraño, ¿Verdad?
- Lo que debe ser es peligroso. ¿Qué hace si se aproxima un camión?
- Hasta ahora he tenido suerte. Cuando era pequeña llegué a despertar en casa de gente que no conocía de nada. Una mañana recuperé el conocimiento sobre las ramas de un árbol, nunca he comprendido qué había hecho para llegar tan arriba, dijo ella riendo.
Tenía una agradable risa que llenaba de vida aquella cara suya tan pálida.
“- Y usted… está casada, vive sola?
- No, nunca he tenido… En fin. Vivo con mis padres.
- ¿Y ellos no se preocupan cuando usted se escapa así en medio de la noche?
- Cuando era pequeña, sí. Después con el tiempo… Ellos se han hecho a la idea. De todas maneras es más fuerte que yo. Creo incluso que le he cogido un poco de gusto. Además estando en el campo no me arriesgo a nada importante.
- Le va la marcha…
- De alguna manera. ¿Y usted, que está haciendo aquí?
- Estaba en casa de unos amigos arquitectos.
- Interesante. ¿En qué trabaja?
- Soy diseñador. Creo objetos de todo tipo… En estos momentos estoy trabajando en una jabonera para una cadena de hoteles. Como verá no es tan apasionante como la arquitectura. La semana próxima tendré que dedicarme a los porta cepillos de dientes y después a los picaportes de puerta…
- Yo no hago nada… Bueno duermo y estando en estas hago casi todo, nada más.”
Ella rió de nuevo y su risita de chiquilla tímida me hizo sonreír después a mí.
“Su nombre de pila, ¿cuál es?
- Jennifer
- Un nombre americano. ¿Tiene familia allá?
- No, me llamaron así porque era el nombre de pila de una actriz de moda, cuando nací. ¿Y usted?
- Luis. Es algo más ordinario. Lo siento.
- No es más que un nombre de pila… ¿Dónde vive?
- En Paris, pero tengo una casita aquí. Vengo aquí durante las vacaciones y fines de semana. De verdad me gusta este rincón.
- ¿Está usted casado?
- No, bueno, lo estuve... Nos separamos porque…. Es cosa del pasado, mejor no hablar. La vida en pareja es difícil, ya sabe.
- No, no lo sé, dijo Jennifer bajando los ojos. Pero poco importa…. La niebla se nos hecha encima, parece.”
Miraba la carretera y divisé un velo blanco que se deslizaba hacia nosotros. Era mucho más espeso que los precedentes y tuve que ralentizar la marcha a pesar mío al constatar que no se veía nada más allá del capó del coche.
“- Haría mejor deteniéndose en el arcén.
- Tengo la misma impresión.”
Avancé entonces lentamente sobre la hierba que bordeaba la carretera y estacioné con precaución allí mi vehículo.
“-Menos mas que nos hemos encontrado. Odio este tipo de situaciones en las que se debe esperar sin saber cuanto tiempo.
- Pero aquí, usted no tenía más remedio… ¿Qué otra cosa podría hacer? ¿rodar por los campos?
- Habría escuchado una de mis viejas casetes o leído una de mis revistas que tengo tiradas ahí atrás.
- Esto no durará mucho, diez minutos a lo sumo.
Miraba la niebla que envolvía todo el coche. Sólo el resplandor amarillo de los antiniebla nos aportaba un poco de luz.
Puse un poco la calefacción.
Jennifer estaba sentada a mi lado, tranquila y con confianza en mí.
Podría haber sido cualquier cosa, un impostor, un asesino, un violador…
En verdad, aquella chiquilla estaba realmente seductora con su largo abrigo negro. Daban ganas de quitárselo, quitarla toda la ropa, arrancar su sujetador, penetrarla salvajemente, hacerla el amor en medio de esa intensa niebla, arrebujarse el uno con el otro para no pensar que era invierno, para no pensar que había que esperar…
Ya me veía pasando la mano bajo su abrigo y dejando al descubierto largas piernas finas y ágiles, caderas prestas a las caricias, una entrepierna que no esperara más que un movimiento para abrirse a mí, un culito que se retorciera bajo mis movimientos…
Yo no era decididamente más que un obseso sexual por imaginar que tan pronto que una chica penetraba en mi coche, era para que fuera penetrada por mí.
“Bésame, dijo la joven mujer.”
No sé que gesto tenía yo en aquel instante, pero yo debía estar boquiabierto.
Un silencio quedó suspendido dentro del coche.
Por supuesto que yo tenía ganas. ¡No faltaba más!
Me di cuenta de que si hacía una pregunta o decía la menor palabra, tenía todas las papeletas de que ella cambiara de parecer.
Por lo tanto, me acerqué lentamente y la besé en los labios.
Eran finos, pero suaves, cálidos y ligeramente húmedos.
Daba gusto besarlos. Jennifer desprendía una especie de fluido particular, un magnetismo misterioso, algo que no pertenecía más que a ella y que me incitaba a querer más. La besé una vez más y la estreché entre mis brazos con suavidad para invitarla a volver a empezar. Pues sí, tenía ganas de ir más lejos, de cubrirla de besos, de besarla hasta que quedara completamente empapada por mi saliva. Aquella chica me excitaba de repente como ninguna otra lo había hecho jamás. Sí. Habría querido ponerla toda ella en mi boca y aspirarla completamente para que no quedará nada más, la estreché contra mí con tanta fuerza que la habría aplastado contra mi torso…
Se quitó su abrigo de una manera recatada y dejo aparecer un pequeño escote en que ya se entreveían dos pequeños senos firmes y redondos. ¡De ensueño!
Ella bajó los ojos, inclinó la cabeza hacia atrás y dejó sus labios rosados entreabiertos.
Yo no sé si aquello era fruto del alcohol que había pimplado o de mi sola excitación, pero tomé sus dos senos a manos llenas y sumergí con un meneo mis labios en aquel escote para besar aquella piel tan joven y tan fresca con un salvajismo excepcional. Después la besé de nuevo y acaricié su pecho con pasión. Ya sentía sus pezones endurecerse bajo las palmas de mi manos.
Jennifer desprendía un perfume dulce y fresco que me embriagaba mucho más que todo el champan que la había precedido. Estaba excitado como un loco. Era como si en aquel preciso instante, la meta de mi vida nunca hubiera sido más que hacer el amor a esta joven mujer. Si en algún momento ella hubiera decidido parar de repente, creo que habría sido capaz ¡de violarla!
Me quité el jersey de un solo gesto y Jennifer acarició mi espalda con una sensualidad tal que esta sola idea me excita todavía. Luego barrió mi piel con sus uñas, luego la masajeó con un ejercicio de masaje que daría envidia a los turistas tailandeses.
La desnudé entonces por completo y me dejé llevar por el placer que me ofrecía aquel cuerpo delicado y voluptuoso. Sus caderas era una invitación de lo más escandalosa a la fornicación. Yo estaba ahora ebrio de tal manera con toda aquella excitación que sería incapaz de decir que ocurrió a continuación.
Sí, el placer era tan bueno, tan magnífico, tan potente que me olvidé de todo, la casa de mi amigo, la niebla, el invierno. De todo.
Jennifer lanzó un último suspiro y contemplé su cuerpo que permanecía extendido en el asiento abatido, indefensa, casi inerte.
Aquel espectáculo era magnífico. No solamente la había satisfacido, además, había dominado esa irreprimible necesidad de hacerla el amor. Era como si, al liberarme de la cárcel de aquella pasión repentina, nos hubiéramos quedado más felices el uno y el otro.
Me encantaban las curvas lisas y suaves de su delicado cuerpo. Todo en ella inspiraba una especie de fragilidad infantil, la belleza delicada de una estatua de cristal, presta a ser destrozada al menor descuido. Pero su magnetismo era tan grande que habría querido satisfacerla una y otra vez.
Ella se dejaba contemplar como si ella acabara de perder su virginidad, como si el placer carnal la hubiera liberado de todo pudor, que más allá del placer común, ella quería conservar el suyo, aquel de sentirse desnuda ante un varón.
Ella levantó lentamente los ojos hacia mí y ella me sonrió de una extraña manera.
Verdaderamente aquella sonrisa era casi inquietante.
“-¿Te pasa algo?, la pregunté.
-Es que era la primera vez.”
No supe que decir. ¿Y qué podía decir después de eso? “¿Te ha gustado? ¿Cómo te sientes ahora? ¿Quieres que lo repitamos?”
No, pero quizás tenía que haberlo dicho. Sí, tenía que haberlo dicho. Pero deje que el silencio instalara una barrera invisible entre nuestras dos vidas.
Me contenté con besar su vientre y acariciar cariñosamente sus muslos.
“¿Quieres entrar a tomar una copa en mi casa?, le pregunté, casi por decir algo.
- No, voy a volver a casa, ahora. Mira, ya no hay más niebla…
- En cambio esto está lleno de vaho, dije riendo.
- ¿Me acompañas?
- Si, claro, por supuesto.
- Hoy he caminado mucho, ya sabes.
- Sí, ya lo sé… Si no llega ser por eso, añadí mientras acariciaba delicadamente sus mejillas. ¿Te gustaría que nos volviéramos a ver? Estaré todavía en la región tres o cuatro días más.
- No creo yo…
- Ah, ¿pero bueno? ¿Por qué?
- No creo que eso sea posible.
Ella giró la cabeza hacia mí y vi que lloraba.
“¿Qué ocurre? ¿Algo va mal? ¿No me quieres?
- Déjame en casa, por lo que más quieras.
Verdaderamente, aquella chiquilla parecía mucho más complicada de lo que pensaba.
Al principio se había presentado como una mujer liberada y entregada, y ahora he aquí que tomaba un rol romántico-trágico.
Yo que siempre me había imaginado que las chicas del campo eran fáciles y sin malos rollos, me había equivocado del todo.
Los pocos kilómetros que nos quedaban por recorrer discurrieron rápidamente, no sabía que más decirla. No sabía que pensar sobre lo que había pasado. Durante y después.
Entramos en un pueblecito y ella me pidió que detuviera el coche en la esquina de una calle mal iluminada.
“Mi casa está allí, dijo ella, es aquella que tiene la chimenea roja. Pero ni se te ocurra venir aquí…. Nunca.
-¿Por qué me indicas la casa entonces?
-Adiós, dijo ella dando un portazo como si fuera una bofetada en toda la cara.”
Habría querido que ella me diera algunas explicaciones, que ella no me dejara con esta extraña incertidumbre, con preguntas sin respuesta. Pero me convencí de que no podría retenerla, de todas maneras.
La deje marchar sin decir una palabra, incluso sin decirla adiós. Era una prueba más de una época en la que las gentes se devoran entre si, en la que el sexo se ha convertido en un deporte, en la que los sentimientos son prescindibles y en la que los humanos no son más que objetos.
A la mañana siguiente, me quedé encerrado en casa para diseñar mis jaboneras. Aquello me aburría. No tenía ganas de nada. De nada de nada.
En fin, pensaba en el cuerpo de Jennifer. Sí, al principio no era muy molesto, y después las horas pasaron, no podía dejar de pensar en ello. Volvía a ver sus pequeños senos firmes y redondos, sus delgados labios que esperaban a que los besara, sus caderas que parecían moldeadas para ajustar perfectamente entre mis manos… Olía su perfume, sentía su cuerpo frente al mío, oía sus tímidos gemiditos que me invitaban a darla cada vez… era increíble. Nunca había vivido algo parecido, no señor, nunca.
Había siempre soñado con una sensualidad exacerbada, con una voluptuosidad fantasmagórica, con una pasión carnal más fuerte que la de la realidad. Y he aquí que la había encontrado… en medio de la niebla.
Pero pensé súbitamente en sus ojos humedecidos por las lágrimas, en la puerta que cerró con un portazo, su extraña sonrisa, la prohibición volver a verla, su adiós…
Aquello me ponía enfermo. Apenas había conocido esta ascensión, cuando ya todo se estremecía para no dejarme más que un gusto amargo de la felicidad.
Las horas desfilaron sin que mis lápices de colores rozaran mis bosquejos, sin que el teléfono sonara, sin que nada pasara. El tiempo a veces es doloroso y cruel.
Miré afuera y me di cuenta de que caía la noche. Debían ser las diecisiete o las dieciocho horas.
Me imaginaba que Jennifer sería una madrugadora si alrededor de las veintiuna horas ya iba sonámbula por el campo. Eso era, ¡por supuesto!
Si quería volver a verla, mi única oportunidad era esperar que ella durmiera, quizás la volvería a encontrar en aquella carretera, como en la víspera.
Debía estar un poco loco al pensar todo aquello. Pues sí, lo estaba.
Cuando monté en el coche, experimenté una cosa extraña. No sabía si aquello que iba a hacer estaba bien o mal. Pero finalmente, aunque Jennifer me había prohibido ir a su casa, ella no me había prohibido volver a recorrer la carretera de nuestro encuentro.
Me puse al volante y descubrí un portafolios que estaba caído entre los dos asientos delanteros.
Era el portafolios de Jennifer, debió dejarlo caer al quitarse su abrigo.
En vez de abrirlo, me convencí que tenía el deber absoluto de devolverlo. ¡A su propietaria!
Pues sí, helo aquí. Sin quererlo, había encontrado la mejor de las excusas para volver a verla.
Volví por consiguiente de nuevo por aquella carretera rural enarbolando una amplia sonrisa. Iba a conseguir que me perdonara todo aquello que la hubiera podido hacer o no y más todavía. Iba a invitar a Jennifer a tomar una copa tranquilamente en mi casa. Yo sería el más grato de los hombres, aceptaría todo, sí, todo. Haríamos el amor como dioses, como ángeles, como bestias salvajes, exactamente como ella quisiera. La diría todas las palabras que quisiera oír o transformaría nuestros silencios en la más bella de las melodías.
Llego ante su casa, me acuerdo de su prohibición de venir a verla aquí. Sin embargo, sin duda más motivado por mi orgullo que por el respeto que ella me inspiraba, di tres ligeros golpecitos en su puerta. Eran cerca de las veintiuna horas y Jennifer probablemente estaba durmiendo.
Allí estaba yo, ante la puerta de una mujer que no quería volver a verme y todavía menos que viniera a su casa.
Es una ancianita la que viene a abrirme. Su cara y sus rasgos me parecieron de lo más peculiar. Daba la impresión de que aparte de su edad muy avanzada, algo tan terrible la había pasado en su vida, que su cara había quedado marcada por un envejecimiento acelerado y prematuro.
“Buenas noches señora, no soy más que un amigo de Jennifer… Ella ha perdido este portafolios el cual quería devolvérselo.”
La ancianita me escrutó repentinamente con ojos exorbitados de terror.
“¿Cómo? ¿Qué quiere?
- Simplemente devolver un portafolios. Tenga, tómelo, dije tendiéndoselo.”
Ella miró el portafolios con expresión abatida y juntando las manos ante su boca.
“- ¿Qué pasa ahí, Raimunda?, dijo la voz de un ancianito que se aproximaba a la puerta.
- Es el… ¡el portafolios! Dijo la ancianita, aterrorizada… Jen… ¡Jennifer!
- ¿Cómo? ¿Qué pretende usted?
- Soy un amigo de Jennifer, su hija. Quería sencillamente devolverle su portafolios se lo dejó olvidado en el coche ayer por la noche.
- ¡Váyase! Dijo el hombre en tono amenazante. ¡Da asco lo que ha hecho! Jennifer murió hace diez años. Déjenos tranquilos. No nos tome el pelo con estas cosas.”
Me quede repentinamente paralizado por el cariz que tomaban los acontecimientos.
“- No comprendo, les dije. La vi ayer por la noche. Ella estaba tan viva como ustedes o yo... Ella me dijo que vivía aquí.”
La ancianita estalló en sollozos.
“- ¡Lárguese! Dijo su marido. Nuestra hija murió, ¿me oye? Ella murió hace más de diez años, ¡en un accidente de coche!”
Me sentí poseído por un vértigo incontrolable. ¿Pero qué me estaban contando por consiguiente aquellos dos ancianitos? ¿Cómo era posible que Jennifer estuviera muerta desde diez años atrás aunque había hecho el amor con ella la víspera?
Resignado marché sin pensar siquiera donde dejar el portafolios que los ancianitos no habían querido recoger.
Me dirigí hacia mi coche titubeando. Esta historia era realmente increíble.
Me puse al volante mirando el asiento de copiloto que estaba mal remontado. No había sido un sueño, no. Había hecho de verdad el amor con Jennifer en la víspera, en aquel coche.
Mire entonces su portafolios y lo abrí. No había más que un Documento Nacional de Identidad amarillento y caducado. Miré inmediatamente la fecha de nacimiento: nacida el 8 de noviembre de 1955. En la foto, Jennifer llevaba aquel mismo abrigo que tenía la víspera. Sin embargo ella no podía tener treinta y cinco años. No, era imposible.
Un dolor de cabeza espantoso se apodero de mí y me preguntaba si había estado soñando o no.
Arranqué el coche a toda marcha y enfilé derecho al cementerio. Si Jennifer estaba muerta, ella debía tener una tumba en alguna parte.
La cancela de hierro forjado se abrió con un chirrido estridente y solo las luces de las casas del entorno iluminaban las tumbas sumidas en la noche.
Me interne por los pasillos del cementerio y el nombre de Jennifer atrajo mi atención sobre una de las placas de mármol. 1955-1980, he aquí lo que estaba escrito. Jennifer llevaba bien muerta más de diez años.
Por imposible y loco que aquello pudiera parecer, yo había hecho el amor, de la manera más divina, con una muerta. Pues sí, ¡una muerta!
Sin tampoco comprender porque lo hacía, me arrodille ante aquella tumba y realice una pequeña oración. Era algo curioso, extraño, loco.
Tome el pequeño portafolios y lo deposité con delicadeza sobre la placa de mármol, entre los crisantemos y las plaquitas de último homenaje.
Me levanté lentamente, aturdido por toda aquella desventurada historia y volví al estrecho pasillo de cementerio.
Pero en el momento en el que me iba a marchar, sentí una presencia detrás de mí, una mirada, algo.
Me di la vuelta y no vi más que un velo de niebla que parecía descender por el pasillo del cementerio para dirigirse hacia mí.
Filamentos de humedad salían con dificultad lentamente, cual largos brazos que quisieran ir más lejos, más rápido.
Giré los ojos hacia la cancela y descubrí que aquella había desaparecido detrás de otra nube suspendida en el aire. Y en menos tiempo del que se necesita para decir ay, mis pies y mis piernas habían sido engullidas por una nube blanca que parecía querer devorarme por completo.
Me di cuenta entonces de que un extraño perfume flotaba en el aire. Si, reconocí aquella fragancia dulce y fresca… Sí. Allí, en alguna parte, alrededor de mí, ¡Jennifer había vuelto! Para mí, para mí sólo.
Ella me había perdonado todo, ella quería sencillamente volver a verme, igual que yo había venido por ella. Ella quería que hubiera una segunda vez, quizás una tercera y después otra y otra.
Sentí mi corazón latir de nuevo y mi cuerpo se dejo llevar por los placeres que Jennifer me proponía.
Cerré los ojos y me deje llevar en medio de aquellas nubes portadoras de felicidad con las que había siempre soñado.
Me encontré entonces desnudo en medio de una blancura casi angelical y sentí los largos dedos de Jennifer deslizándose por mi espalda, como para mecerme, hacerme lentamente deslizar hacía una dulce locura.
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